"Apareció una nueva estrella, de inusual tamaño, resplandeciente y que ofuscaba la vista, causando alarma... se la vio de ese modo durante tres meses, en los recónditos confines del Sur, más allá de todas las constelaciones que se ven en el cielo" .
La cita aparece en los anales del monasterio benedictino de Saint Gallen, en Suiza, y describe un espectáculo sin igual en toda la historia de la astronomía: la supernova del año 1006. Esta impresionante catástrofe cósmica -nada menos que la explosión de una estrella gigantesca- fue observada por todos los pueblos de la Tierra, causando asombro, curiosidad y mucho temor. Y no era para menos, porque parecía una amenazante llamarada que iluminaba todo el cielo nocturno, brillando tanto como la Luna.
Antorcha en la madrugada
Era la madrugada del 1 de mayo del año 1006. De pronto algo comenzó a brillar más y más en la constelación de Escorpio. Al principio era un puntito de luz semejante a una estrella modesta, pero con el correr de las horas el puntito se convirtió en una mancha luminosa mucho más brillante que el planeta Venus. En distintas partes de la Tierra muchos observadores se percataron de la "nueva estrella". Y sintieron miedo. Uno de ellos fue el egipcio Ali ibn Ridwan: "...era un cuerpo circular, de dos y medio a tres veces el tamaño de Venus. El cielo resplandecía a causa de su luz, que era mayor que la de la Luna en cuarto". El y muchos más estaban siendo testigos de una supernova: el catastrófico final de una estrella gigante que explota, arrojando al espacio pavorosas cantidades de materia, luz y energía.
La estrella del Pánico
La supernova del 1006 fue la más brillante que haya registrado la historia. Tanto, que podía verse con facilidad durante el día. Y a diferencia de otras anteriores -e incluso de algunas posteriores- fue cuidadosamente observada por todas las civilizaciones del mundo. Todos quedaron atónitos ante semejante fogonazo de luz en el cielo, tal como les sucedió a los astrónomos chinos de la corte imperial, que la definieron como una "estrella invitada". En Europa la supernova causó pánico, e incluso muchos la confundieron con un cometa amenazante: el francés Alpertus de Mertz la describió como "un cometa de aspecto horrible que emite llamas en todas direcciones". Las descripciones de este tipo fueron la regla en casi todos los relatos que se conservan, ya sean europeos o asiáticos. Y una constante: casi todos los observadores coincidieron en señalar que la supernova era una terrible señal de los cielos que anunciaba catástrofes, hambrunas, guerras, epidemias y otros augurios por el estilo.
La estrella invitada continuó ardiendo en los cielos de la Tierra durante algunos meses, mientras su brillo declinaba lentamente. Y finalmente, dejó de verse a simple vista.
Buscando un fantasma
Casi mil años más tarde, los astrónomos se lanzaron a la búsqueda de los restos de la supernova. Y para eso, estudiaron varios documentos europeos y asiáticos de la época del estallido. Teniendo en cuenta algunos datos claves que aparecían en los distintos relatos (como por ejemplo las referencias a las constelaciones, o a la posición del Sol) los científicos fueron delimitando el lugar del desastre. Y finalmente, dieron en el blanco: descubrieron una pequeña fuente de señales de radio (bautizada PKS 1459-41) que coincidía con la zona sospechosa. Y ya en plena década del 70, un grupo de investigadores pudo observar los pálidos restos de la estrella con la ayuda de un poderoso telescopio ubicado en el norte de Chile: era una cáscara de gas en expansión, un fantasma flotando en la profunda oscuridad del espacio.
El próximo estallido
Todos los días alguna supernova explota en algún rincón del universo. Se trata de un fenómeno rutinario a escala cósmica, pero bastante raro a escala local: en una galaxia sólo ocurren unas pocas por milenio. Por eso mismo, observar una en la Vía Láctea es todo una rareza. Tan es así, que luego de la del año 1006, sólo se observaron otras cuatro supernovas en la vecindad galáctica: en 1054, en 1181, en 1572 y la más reciente, en 1604. Todas fueron lo suficientemente luminosas como para llamar la atención hasta de los más distraídos, pero ninguna de ellas pudo compararse con la fenomenal explosión estelar del 1006.
Hace casi cuatro siglos que nuestra galaxia no produce supernovas. La pausa ha sido larga, y los astrónomos saben que ya es hora de que aparezca la próxima. Tal vez sea cuestión de días, meses o años. Nadie lo sabe. Pero hay que estar atentos: en cualquier momento, y tal como sucedió hace casi mil años, una poderosa luz puede encenderse en los cielos.
Por Mariano Ribas
Coordinador del área de Astronomía del Planetario de la Ciudad de Bs. As.
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