El gran astrónomo polaco Nicolás Copérnico (1473-1543) produjo una de las grandes rupturas del conocimiento humano a poco de haber cruzado la puerta de salida de la Edad Media caracterizada por sus saberes oscuros teñidos de mitología. Contra todo esto Copérnico, en un movimiento magistral, aunque con muchas dudas, desplazó a la Tierra del centro del Universo y en su lugar colocó al Sol (algo que ya había propuesto Aristarco de Samos en el siglo III AC). En Copérnico se cruzan la doctrina religiosa con las necesidades de una astronomía ajustada a la realidad más que a la Biblia, como la que precisaban los navegantes que surcaban los océanos como nunca antes en la historia. El costo de ponerse en ese lugar tan complicado y expuesto no fue poco.
Ante la disyuntiva Copérnico adoptó, después de no pocas dudas, una posición realista: la astronomía representa las cosas tal como son, y con esa postura la astronomía Tolemaica ya no puede funcionar. El ya conocía las enormes dificultades que planteaba el sistema tolemaico. Al estudiar las doctrinas astronómicas de los pitagóricos las adoptó, lo que le permitió abandonar la hipótesis geocéntrica por la de la movilidad de la Tierra. En un movimiento revolucionario colocó al Sol en el centro del Universo, una osadía que hizo con decisión, pero que provocó casi tantos problemas teóricos del modelo como los que solucionó.
Tomémonos un par de párrafos para contar algo de la vida del gran astrónomo antes de meternos de lleno en su obra más brillante. Nicolás Copérnico nació en febrero de 1473 en Thorn, por entonces Prusia y actual Polonia. Su padre era un burgués de Cracovia; su madre pertenecía a una familia patricia de la región. Al perder a su padre a los 10 años fue adoptado por su tío, más tarde obispo de Warmie. En 1491, Copérnico se encontraba en la Universidad de Cracovia, que gozaba de gran reputación en la época. Aunque consta que estudió profundamente Astronomía, siguió, al parecer, el curriculum habitual de la Facultad de Artes, centrado en la Dialéctica y la Filosofía. En 1497 Copérnico llegó a Italia en donde ingresó a la Universidad Bolonia y Ferrara para estudiar Leyes y Medicina. No existen registros sobre su graduación como Médico, pero se sabe que practicó la profesión por seis años en Heilsberg. En 1504 fue elegido canónigo de la diócesis de Frauenburg (también Polonia) donde pasó la mayor parte del resto de su vida, leyendo sobre todo "El almagesto" de Tolomeo y su complicada teoría según la que la Tierra ocupaba el centro del universo.
Fue en esos primeros años del SXVI en los que concibió los lineamientos generales de la que sería su teoría más importante, aunque le llevaría años redactarlos en forma convincente, sobre todo para él. En 1512 Copérnico escribió e hizo circular entre sus amigos una exposición que ofrecía, en forma esquemática y breve, pero muy clara, los principios de la nueva astronomía, aunque no se atrevió a publicarla. Comprendía muy bien que no bastaba con formular ideas nuevas o con intentar resucitar viejas concepciones pitagóricas. Había que presentar una teoría de los movimientos planetarios tan completa y utilizable como la de Tolomeo. En 1530 publicó una sinopsis y contra toda expectativa obtuvo la aprobación del Papa Clemente VII, quien incluso lo alentó a ampliar su obra. Pero a pesar de este impulso esperó todavía diez años antes de entregar a la imprenta una obra amplia y satisfactoria de su obra, comparable a la de Tolomeo.
Sobre revoluciones y esferas:
El primer libro impreso se lo llevaron a su lecho de muerte en 1543, cuando su conciencia ya se había apagado. La obra que constaba de seis tomos y que adquiriría tanta celebridad llevaba por título: De revolutionibus orbium coelestium libri VI (Sobre las revoluciones de los cuerpos celestes Libro IV). Allí introdujo la idea de rotación de la Tierra y mostró en detalle cómo podía influir en las observaciones astronómicas. Las razones de este cambio revolucionario eran principalmente filosóficas y estéticas: "Pienso que es más fácil creer esto (la nueva teoría) que confundirnos suponiendo un amplio número de esferas, como se ven obligados a hacer quienes colocan a la Tierra en el centro. Nosotros seguimos así más bien a la Naturaleza, que no produce nada vano o superfluo y que a menudo prefiere dotar a una causa de múltiples efectos". Esto decía en su obra, de manera algo optimista, ya que las ruedas se acumularon en su modelo casi tanto como en el de Tolomeo, algo que sólo el descubrimiento de las órbitas elípticas por Kepler empezaría a resolver.
El modelo del universo presentado por Copérnico en su gran obra, si bien producía un cambio radical al poner al Sol en el centro del Universo, era altamente sospechoso. Por empezar, estaba basado en datos antiguos y muchas veces equivocados. Y, para colmo, Copérnico seguía aferrado a la idea de la circularidad de las órbitas. Al tratar de hacer encajar los movimientos planetarios echó mano de las herramientas tradicionales: círculos y más círculos al estilo de Tolomeo, algo que había paralizado a la astronomía durante casi dos milenios. El resultado fue tanto o más que el del modelo tolemaico y, para hacer las cosas aún más, carecía de una física que lo sustentara y que explicara, por qué si la tierra se movía, los objetos que había sobre ella no salían disparados por el aire. Era inaceptable y Copérnico lo sabía; probablemente por eso demoró tanto en publicarlo y en realidad sólo Galileo pudo responder a estos cuestionamientos satisfactoriamente.
Hay otro elemento que dio fuerza a Copérnico para elaborar su teoría y que no tiene ya que ver con el orden matemático o astronómico, sino filosófico. Durante todo el siglo, y dentro del panorama general del renacimiento, con el resurgir del neoplatonismo y las tendencias mágicas, había habido un crecimiento de corrientes vinculadas a los cultos solares, que establecían que el Sol era el astro más importante del cielo, esto es, el Sol es el centro metafísico del sistema solar. Lo que Copérnico se propone es transformar ese centro metafísico en un centro astronómico y matemático. Obviamente, Copérnico conocía las dificultades a que se exponía, no sólo políticas, sino también teóricas sobre todo por la falta de una física en la que apoyarse.
Por empezar, era necesario explicar por qué funcionaba ese mecanismo de relojería ahora alrededor del sol, cuál era el impulso que lo hacía mover. Es verdad que se podía simplemente trasvasar el mecanismo de esferas de Aristóteles y su primer motor, pero no parecía un arreglo del todo convincente. Al ser la Tierra un planeta como todos los demás, según decía Copérnico, estaba todo el sistema sometido a movimientos violentos, en contra de la uniformidad aristotélica. Luego, estaba el problema de la composición de los planetas: ¿Marte también estaba hecho de tierra? ¿De qué material estaban hechas las estrellas? El éter se desvanecía en las manos de Copérnico con el resto de la física aristotélica que, mal que mal, daba una respuesta coherente al funcionamiento del Universo.
Y había que explicar unas cuantas cositas más. Por ejemplo, y esto no era broma, por qué una piedra cae hacia la Tierra que ya no es el centro del universo. Copérnico hizo algunos malabares con los principios físicos disponibles: "los cuerpos no caen hacia el centro del mundo"; "la gravedad no es sino la tendencia natural de las partes de un todo que han sido separadas de ese todo, a volver a él". Por ello, los cuerpos terrestres no intentan en absoluto acercarse al "centro del mundo" para descansar en él, sino que se limitan a tender hacia su todo (lo mismo ocurriría con la Luna y de los demás planetas respecto del cuerpo celeste en torno al que giran). El espacio de Copérnico no es ya el espacio físicamente diferenciado de Aristóteles; sigue siendo limitado y cerrado por la bóveda celeste; pero en su interior, todo está geometrizado.
Copérnico ensayó otras respuestas que probablemente no lo dejaban satisfecho ni a él mismo. Por ejemplo, a quiénes preguntaban por qué la Tierra no se deshacía al viajar en forma tan violenta, les contesta que la misma objeción podría ser argüida contra el movimiento de los cielos. "¿Por qué se mueven los planetas entonces?" debían preguntarle sus contemporáneos tras leer la nueva obra de Copérnico. El astrónomo probablemente respondía, con paciencia celestial, "Un cuerpo redondo (como un orbe planetario) situado en el espacio girará en torno de sí mismo sin necesidad de un motor que lo mantenga en movimiento, sin necesidad del centro físico que resulta imprescindible para Aristóteles". Así se comprende por qué Copérnico considera el principio del movimiento circular uniforme como base de toda su mecánica celeste.
Copérnico, en verdad, no es, del todo, un científico moderno; quiere hacer coincidir la astronomía con la realidad, con la experiencia, pero no tiene la idea, todavía, de la experimentación. Esa diferencia entre experiencia y experimentación es una de las claves del pensamiento científico moderno. Por eso Copérnico no observa, sino que usa el corpus antiguo de observaciones, muchas veces desactualizadas: las estrellas y sus posiciones cambian, aunque muy lentamente, y en los dos mil años transcurridos desde que Hiparco recolectó sus datos se habían producido variaciones. Por otro lado, tampoco es un medieval liso y llano. Fuera como fuera, el copernicanismo implica un sacudón que, de una manera u otra, obligará a demoler todo el edificio construido hasta entonces.
Pero dejemos de castigar un poco a Copérnico y hagamos un poco de justicia a su valiente gesto de colocar el Sol en el centro del Universo. Veamos entonces algunas predicciones y explicaciones importantes de las que el sistema copernicano daba cuenta. Por empezar, explicaba el movimiento retrógrado de los planetas en el cielo de una manera también equivocada, pero mucho más elegante y razonable que Tolomeo. Explicaba el hecho de que Mercurio y Venus siempre se observaran en las inmediaciones del sol. Esto, que era una anomalía en el sistema Tolemaico, aquí se explicaba naturalmente. Con la teoría copernicana se predecían las fases en Venus, se podían calcular las distancias en el sistema solar, o por lo menos las distancias relativas.
En definitiva Copérnico abrió una para la astronomía y para toda la ciencia, confiando en sus observaciones más que en el dogma aunque éste proviniera de la obra aristotélica o la Biblia misma. Demasiado lejos llegó como para acusarlo de no haber llegado más lejos. Eso quedaría para los astrónomos que llegarían más adelante como Kepler, Galileo o Newton.
¿Cómo era el libro de Copérnico?
Copérnico sabía que a pesar del apoyo papal, debía protegerse de los ataques que la iglesia realizaría contra su obra por poner a la Tierra, la supuesta gran obra de Dios, en un lugar tan poco destacado del Universo. Por eso en el prólogo a su libro, se introdujo un prefacio, escrito por un clérigo llamado Osiander, donde justamente se establecía que el sistema copernicano era simplemente ficcional, un modelo más, y es como tal que debía aceptarlo la iglesia. Contra lo que puede esperarse, el sistema copernicano produjo una mínima reacción eclesiástica, y ésta fue aún menor entre los católicos que entre los protestantes. Lutero lo consideró aberrante, pero no así Roma. El libro estaba dedicado al Papa y el prefacio de Osiander arreglaba las cosas según la llamada interpretación de Wittenberg.
En cuanto a la obra en sí, como decíamos, estaba formada por 6 libros. El número I contiene una exposición general del sistema del mundo, acompañado de un tratado de Trigonometría. El libro II presenta una exposición de la Astronomía esférica junto con un catálogo de estrellas, para cuya constitución utilizó Copérnico los datos antiguos tanto como las observaciones modernas y en el que vuelve a calcular los elementos fundamentales de los movimientos (duración del año, predicción de los equinoccios...). Los libros III a VI brindan teorías detalladas de los movimientos (aparentes y reales) del Sol (de la Tierra), de la Luna y de los planetas.
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