Claudio Ptolomeo (85?-165? d.C.)

Claudio Ptolomeo (o Tolomeo) es, junto con Aristóteles, uno de los padres de la cosmología astronómica de los primeros 15 siglos de nuestra era. Es poco lo que se sabe sobre su vida personal, y eso si es que se aceptan algunas de las conjeturas que se hicieron sobre su vida. No existen imágenes que den una idea de su aspecto.
Se cree que nació en Egipto aproximadamente en el año 85 d.C. y murió en Alejandría en el año 165 d.C. Fue en esta última ciudad donde residió la mayor parte de su vida y donde llevó adelante sus investigaciones. Su obra más importante es, sin duda, el Almagesto. Se lo conoce por este nombre de origen árabe porque fue el Islam el que dedicó mayor tiempo a su estudio, traducción y difusión.
En el Almagesto hay información sobre la duración del año y las estaciones; sobre los ciclos y los movimientos de la Luna; determinó que las estrellas se encontraban fijas unas con respecto a las otras comparando sus trabajos con los de Hiparco, etc.. También contó 1022 estrellas y 48 constelaciones que se utilizan en la actualidad, incluidas las doce del zodíaco.
Pero lo más importante de este libro es su descripción del universo, una relectura más precisa en términos astronómicos y matemáticos de los lineamientos de tipo cualitativo o general que había establecido Aristóteles. Es decir que en Ptolomeo prima la observación de los cuerpos celestes, mientras que en Aristóteles la guía la dan la razón y la reflexión. Según Ptolomeo la Tierra está fija en el centro, rodeada por 8 esferas correspondientes al Sol, la Luna y los 5 planetas conocidos, más una última que contenía las estrellas fijas. Por otra parte Ptolomeo utilizaba círculos perfectos tanto para las esferas celestes como para las órbitas, las cuales se pensaba que eran sólidas, aunque transparentes.
Uno de los grandes problemas de la astronomía antigua basada en órbitas circulares era explicar los retrocesos aparentes de los planetas y los cambios de brillo que se ven desde la Tierra. La solución de Ptolomeo fue genial: centrar las órbitas planetarias no en la Tierra sino en un punto externo a ella, llamado ecuante, alrededor del cual, los planetas se movían. Desde ya era un absurdo metafísico que dejaba sin explicar por qué giraban en torno a ese punto y, además, era por completo incompatible con la física aristotélica (ver en Aristóteles), que en aquel entonces era hegemónica. La Tierra, al moverse en torno a ese centro junto con el resto de las esferas, permitía aclarar por qué los planetas se alejaban o se acercaban a ella y explicar el cambio en la intensidad de su brillo. Sin explicación quedaba por qué si la Tierra era sólo un lugar más en el Universo las cosas caían hacia ella.
Otra de las herramientas que utilizó Ptolomeo - que sirvió para explicar los dibujos de retrocesos y avances de los planetas en el cielo terrestre - fueron los epiciclos: los planetas no tenían como centro de sus órbitas (perfectamente circulares, por cierto, como exigía Platón) el ecuante, sino que giraban en torno a un punto que sí mantenía una distancia constante respecto del centro del universo (ver imagen). Los epiciclos, que era el nombre de estas ruedas sobre ruedas y cuya idea parece que se remonta a Apolonio de Pérgamo, permitía explicar que desde la Tierra algunos cuerpos celestes parecieran retroceder y volver a avanzar (movimiento retrógrado). ¿Cómo podía ser que hubiera esferas que tuvieran como centro otras esferas? Es algo muy difícil de justificar y, en general, los cosmólogos medievales supusieron que las esferas tenían el suficiente espesor como para contener los epiciclos.
Sí, es cierto, resultaba complicado explicar así el universo y más aún resultaría, ya que cada desviación sería respondida con un nuevo epiciclo. Alfonso X el sabio (1221-1284), Rey de Castilla y León en el siglo XIII, se lamentaba de que Dios no lo hubiera consultado al crear el mundo, ya que “le habría sugerido una solución más fácil”. Lo cierto es que el sistema se hundía en una complejidad sin fin por seguir el mandato del “problema de Platón” (Ver en Platón).
Parecería - sobre esto hay todavía una fuerte discusión- que el sistema tolemaico no pretendía ser un sistema de “astronomía real”, sino un sistema matemático, geométrico, destinado a describir y predecir. En el sistema de Ptolomeo había una serie de elementos como los epiciclos, que difícilmente sirvieran para comprender lo que ocurría realmente; pero no está claro si Ptolomeo quería mostrar las cosas “tal como ocurrían realmente” –el mandato realista de Aristóteles- o se atenía al mandato de Platón de “salvar las apariencias”, es decir, explicar los movimientos del mundo mediante combinaciones de círculos y esferas (los movimientos “verdaderos” o ideales). De hecho, en los tiempos en los que Copérnico estudiaba astronomía, el modelo aristotélico de esferas homocéntricas lo enseñaban los naturalistas mientras que el modelo de Ptolomeo lo enseñaban los matemáticos, como un modelo que permitía, por medio del cálculo, predecir el curso de los planetas por el cielo.
Otro de los trabajos relevantes de Ptolomeo fue su Geografía, donde se daban mapas del mundo conocido que contaban con precisiones en latitud y longitud, aunque tenían numerosos errores; uno de ellos explicaba que ya que existía un gran continente en el hemisferio norte, debía haber otro en el sur. En otros libros trabajó en temas de óptica, astrología y música.
Ptolomeo fue en definitiva uno de los constructores de la cosmología medieval, una escollo para la teoría heliocéntrica y a la vez un estímulo para la curiosidad y un símbolo del poder de la mente humana para encontrar mecanismos que expliquen los movimientos del mundo.